La Torre de los sueños

 

Erase una vez, hace años…en una pequeña aldea llamada Terenorth. Donde La gente era tan alegre, que no les hacía falta una excusa para abrazarse, sonreír o desear, simplemente, unos buenos días. Se celebraban fiestas por todo sin descanso. Pero, detrás de la felicidad, se escondía un hombrecillo llamado Tom el simplón. Su nombre lo decía todo, no era precisamente un chico que sobresaltara. Y se decía que era tan simple, que llegaba a ser como un papel en blanco, pero sin poder dibujar encima.

 

Y así dice la leyenda …

La gente reía y cantaba, era la ceremonia de celebración de la ceremonia de celebración. Desprendían felicidad. Era sano y se contagiaba tanto como un bostezo. Y de fondo, sentado entre dos piedras, lo observaba Tom el simplón sin expresión. Hasta que de repente, sonó la campana de alerta. Todo se volvió gris por segundos. Hasta que Rodrigo, el Rey de Terenorth se levantó y empuñado en lágrimas, balbuceó: Clara, mi hija… ha desaparecido. El rey, tenía el poder de contagiar su estado de ánimo, y todos al unísono entristecieron sus caras. Era los ojitos del rey, la inocente Clara… la futura princesa. Volvió a levantarse Rodrigo y dijo: la perdimos de vista donde empieza el valle del olvido, y ya sabemos lo que pasa si te adentras. Nadie vuelve del valle, todos escogen morir soñando y vagan eternamente presos del olvido.

 

Tom el simplón, por primera vez parecía que tenía una idea. Se levantó y dijo:

¡YO IRÉ! – con voz temblorosa y mirada firme.

– Y que te hace capaz de realizar tal proeza. – Contestó con cierta desconfianza Rodrigo.

– Las personas no vuelven, porque escogen quedarse en sus sueños, yo… – hizo una pausa expectante– vivo siempre al margen. No conozco los sueños ni el olvido porque no tengo nada que festejar. Creo que soy el indicado. – terminó con determinación.

-Está bien, si tan convencido estás, búscala. Pero recuerda, que si no es con ella, no hace falta que vuelvas. – Dijo Rodrigo con severa dicción.

 

Tom cruzó el bosque con uno de los caballos que le prestaron, hasta llegar al valle del olvido. Allí todo era oscuro y con una niebla que no dejaba ver a dos palmos. De repente el caballo se deshizo de él de un golpe y se marchó asustado en sentido contrario. Tom se quitó el polvo de encima, se incorporó y mirando al cielo la vio: un lazo rojo de la princesa entre las ramas negras. Miró a su izquierda, miró a su derecha y entonces miró enfrente y vio una Torre alta, muy alta al final del sendero cada vez más estrecho.

Entre las zarzas más puntiagudas y los árboles más tenebrosos, se escondía la torre. Todo lo contado se quedaba atrás, era monstruosamente alta. En la entrada se encontraba olvidado un zapato de mujer, Tom tomó una antorcha que encontró y pudo ver, mirando hacia arriba, como se extendía una escalera de caracol, a primera vista, infinita.

Conforme iba dejando atrás cada escalón, Tom iba pensando en el regreso triunfante, entre ovaciones, Clara de la mano y Terenorth a sus pies. Pisando ya el último escalón visible, se encontró una mujer de espaldas, de cabello brillante, en la ventana de la torre. Y cuando Tom el simplón dio un paso, se lanzó ante sus ojos sin poder hacerle nada. Tom saltó detrás suyo por no cargar con su muerte y cada vez que su cuerpo impactaba en el suelo, aparecía de nuevo a punto de tomar el primer escalón.

Nunca se supo nada más de Tom, ni de Clara. Quedaron presos en la Torre de los sueños.

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