Un beso en el andén

Recuerdo con exactitud ese momento, me sentía tan impotente, que solo pensaba en salir corriendo…

¿Pero sabéis que? Es imposible arrepentirse del primer beso: Era verano, un agosto tan caluroso que andábamos siempre en sandalias. Ella se llamaba Clara. La gente que la veía se asombraba de su cabello platino y esos ojos que te hacían dudar si podrías bañarte en ellos. Es como si fuera ayer, salíamos con las bicicletas por el paseo marítimo de la Barceloneta, cogíamos el Autobus D20 que nos dejaba en Psg. Marítim. Sabía sacarme de casa, tenía esa fuerza que levantaba mañanas. Nos encantaba pedir deseos lanzando piedras en el agua, era nuestro pequeño rincón de esperanzas. Clara siempre deseaba que yo sonriera más, me llamaba aburrido a veces y eso me hacía sentir triste. Hasta que me volvía a coger la mano para ver caer el sol, porque le daba miedo que derritiera el suelo. En uno de esos momentos, me robó un beso, el primero de muchos, y me dijo que nunca olvidara todo lo que veía en ese momento…. El color rojo anaranjado del sol, los peces saltar en el agua, el brillo de la arena y un anciano solitario pescando en las rocas.

 

No soy precisamente un casanova. Nunca me gustó eso del futbol, ni tampoco me gusta ser el centro de atención. Lo mío siempre han sido los libros y la música. Clara en cambio, todo lo que cuente se queda atrás, ella hacía contagiar cada sonrisa, así como cada tristeza. Todo loque quería hacer lo hacía. Sabía como jugar con ello, y con el tiempo mucho más. Siempre tenía lo que quería y desde luego… a mi me tenía donde quería.

 

Y ahí me encontraba pasados los años, sintiéndome impotente a punto de salir corriendo para no volver. Era la estación de metro más transitada de Barcelona y allí estaba, con la vista en el suelo y Clara a mi lado con sus maletas. Me quedé largo tiempo absorbido en un dibujo de un cartel publicitario, hasta que recogí un folleto que alguien había abandonado y escribí: “Siempre supe que acabaría así, pero lo quise hacer igual”. Se lo entregué, cogí el siguiente metro y se cerraron las puertas a mi paso, dejando atrás lo que sería el primer viaje del último de mi corazón

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