Del campo al presente 2020

Siempre que se escribe un texto sobre año nuevo, da la impresión de que vas a escribir una carta de despedida. Una nota de un suicida. Porque lo es, pero con tu yo del pasado. La mirada retrospectiva nos ayuda a cuadrar nuestros hechos del pasado y nos gusta preguntarnos constantemente ¿qué nos deparará el futuro?

31 de diciembre del 2000

El futuro es un campo -para dibujar una metáfora equivalente-, que según lo que plantes o inviertas, obtendrás unas cosas u otras. Parece fácil, pero ya se dijo antes “quien siembra vientos recoge tempestades”. Definitivamente, hace mucho que no escribo así, como Pablo Coelho sintiéndome poseedor de una revelación especial. Pero este año tiene algo especial, pues los números enteros y que pueden definir de forma armónica una década, nos seducen. Y aquí lo tengo en bandeja; ¿qué pasó veinte años atrás?

Años 2000, yo era un niño de entre 8-9 años en un colegio de primaria de un pequeño pueblecito a las afueras de Barcelona. Hacía dos cursos que había llegado y aún me sentía un extraño en tierra hostil, pues aunque el Bullyng hoy en día parezca un tópico, hace veinte años era el mismo problema y cómo no aprendi a pegar más fuerte, aprendi a observar para evitar el golpe.

¿Sabéis quién te queda en una clase cuando dos-tres niños se ceban contigo, te ridiculizan delante de otras clases, cursos y de las niñas que te gustan? Otros niños a los que les hagan lo mismo. Cuando no sabes quién eres lejos de las ridiculizaciones, no te encuentras en más sitios que en lavabos, rincones, sitios visibles -desde tu punto de vista-, etc. Y agradeces como agua en un manantial, tener oportunidades aisladas donde esos niños no estuvieran y tú pudieras -sin ser juzgado por otros- conseguir ser alguien sin una capa de: se ríen de mí.

Vinimos de Barcelona, donde viví de 3 a 5 años siendo un niño socialmente feliz con sus amigos y amigas. Pero poco después de llegar al pueblo, a los pocos meses empezó el rechazo porque era el nuevo del colegio. Tan inocente, le dije a mi madre que había intentado que me gustara este colegio, pero no me gustaba y quería volver a Barcelona. Cuando la realidad me chocó y me dijo que eso era imposible, que teníamos la casa, que  ya no podemos volver atrás. Entendí que hay decisiones MUY importantes, que ya no son reversibles.

Todo es cuestión de observar, prevenir y la actitud frente a los primeros signos de abuso entre iguales. ¡Se tiene que poder revertir! Pensaba y pensaba. Y así más adelante, nunca alguien que me conoció en el instituto volvió a reírse de mi, pues algo se estaba construyendo, aunque a base de capas y capas de inseguridades.

Ahora suelo pensar en dichos cambios irreversibles, y mi vida está llena. Cuando me rompieron el corazón, volví a escuchar las palabras de mi madre diciéndome; ya no podemos volver atrás. Cuando se rompe un vaso de cristal, aunque le pidas mil veces perdón ya no vuelve a reconstruirse. Aunque en el instituto me volviera otra persona, aunque tuviera a otros grupos de amigos, aunque ya no sufriera directamente, bastaba con un soplido para derribar el hormigón de: evitar el problema.

Cuando tuve 18 años ya sabía de sobras lo que era enamorarse, pero todavía mejor lo que era no ser correspondido. ¿Cómo revertir el dolor sufrido y ganar confianza en uno mismo? Dejando que alguien entre, recoja los pedazos del suelo y te diga: está todo bien, eres una persona normal. Pero cuando buscas el amor que no te han dado en los brazos de aquellas personas también apartadas, encontrarás un manantial, pero nunca saldrás del desierto.

En la casa del pueblo, tuvimos un perro adoptado precioso, amigable, gamberro y faldero. Y había un detalle que no paraba de sorprenderme, le ladraba a las escobas. Hoy puedo entender, que aunque nunca le pegáramos, le ladraba a su pasado, donde probablemente sí que le habían pegado. ¿A cuánta gente le grité porque me rompieron el corazón?

¿Quién coño es mi escoba?

Mi escoba es un niño de 8 años, que aunque tenga veinte más, le cuesta no estremecerse si siente por un instante que puede ser objeto de burla, que la tomarán con él y que por ello tal vez, no pueda revertir su relación con las personas y la etiqueta le pese más que su personalidad actual; tallada a base de armaduras, armaduras y armaduras.

Jorge Bucay -el cual tiene mis respetos mucho más que Pablo Coelho-, escribió una fábula sobre un elefante. Que decía algo así como: un elefante de pequeño estaba atado a una estaca de madera, probó y probó salirse de ella hasta que se rindió a su situación. Pasado el tiempo, cuando ya era mucho más grande que dicha estaca, con su recuerdo de la infancia ya no volvió a intentar tirar de ella y quedó atado para siempre. 

¿Qué cojones es mi estaca?

Retomando la retrospectiva del pasado, ahora todo cobra sentido. Es curioso cómo nos pasamos la vida planeando el futuro y regodeándonos en el pasado y lo único que está ocurriendo es el presente.

Pero aquí está, mi campo del pasado se dañó con una toxina que envenenó la tierra, debía estar en barbecho un tiempo y ahora, si sigo plantando semillas en el presente – como hice a partir del instituto- encontraré frutos en el futuro.

¿Sabéis qué me obsesiona y me frustra al mismo tiempo? No aprovechar el tiempo. Que el tiempo pase y no ocurra nada. ¿Por qué? Porque cuando no hice nada labré mi peor presente y futuro con unos abusadores de 8 años. Porque cuando no planté semillas en el presente, cuando no estuve atento y despierto para evitar esos golpes, lo pagué muy caro.  Básicamente, porque cuando no haces nada, el tiempo se vuelve IRREVERSIBLE.

Me siento ahora mismo, como aquel niño pequeño diciéndole a su madre;
quiero volver al otro colegio donde mis amigos me querían y salir de este infierno. Creyendo que era tan fácil como pedírselo a la persona que más quería, para revertir mis problemas presentes.

Mi estaca es no saber decir que NO. Cuando te pasas mucho tiempo queriendo empujar a la gente a caerles bien por encima de las risas, las ridiculizaciones y las burlas; te crees que le debes algo al resto del mundo por hablarte, tratarte bien, hacerte un favor o querer ser tu amigo.  A mis veinte años, a veces me encuentro haciendo cantidad de cosas que no quiero hacer, simplemente porque aún me cuesta decir NO, no me apetece ni me interesa hacer esto.

No saber decir que no puede llenar tu presente de cosas insignificantes, y no me olvido de que el tiempo me obsesiona.

Una vez, bajo un sol de Portugal un viejo amigo me contó la historia del payaso feliz: Todo el mundo conocía al payaso feliz en el pueblo, sonriendo, cantando y bailando por las calles. Le saludaban todas las mañanas y el devolvía sonrisas allá donde pasara y cuando alguien estaba triste, siempre sabía cómo hacer que terminara todo en carcajadas. Hasta que un día, un niño se encontró al payaso feliz llorando en la calle y le preguntó:  ¿Qué puede hacer triste al payaso feliz? Y el payaso respondió: Que nadie le pregunte si él es feliz en realidad. 

A mis 18 años, solo diez años atrás, estaba lleno de consejos que para mí no tenía. ¿Quién ayuda a quién ayuda? ¿Quíen hace feliz al payaso? Me partieron el corazón a los 19 y esa pregunta todavía se hizo más consistente cuando vuelves a encontrarte queriendo que todo el mundo sea feliz, se ría, aprenda y te quiera en su vida a toda costa y todo el tiempo.

El único que hace feliz al payaso es el respeto a si mismo. No basta solo con tener una buena actitud para enmascarar las inseguridades de tu escoba, con fortificar una personalidad que pueda romper estacas, pero no saber decir que NO o con llenar de semillas el presente de forma obsesiva y dejar de vivirlo de forma complaciente. No basta, el payaso debe respetarse a si mismo y quererse.

Existe una frase, que me dijeron cuando tenía 22 años que marcó prácticamente una línea en mi cronología:

si estás solo y estás mal, es que estás mal acompañado.

Esta frase comprime toda la fábula del payaso feliz y marca un precedente en mi vida: ¿qué pasa cuando estoy solo? Que seguía invirtiendo tiempo en prepararme para los demás, para gustar, para ayudar, para cambiar el mundo. El tiempo perdido se convirtió en la estaca que yo mismo tallé y a la que me até. Porque es más fácil hacerse daño cuando el dolor es familiar y tu zona de confort es la tristeza.

La tristeza de ir al colegio y saber que no se puede tirar atrás en el tiempo y que tampoco sabes cómo arreglar lo que ocurre. La tristeza de que te rompan el corazón y recuerdes cada instante donde crees que se torció y quieras también revertirlo. La tristeza de hacer mucho daño a las personas que quieres y tratar de pedir perdón a los trozos de cristales rotos. La tristeza de tener un día libre y culparte por no aprovecharlo. La tristeza por encontrar tiempo, sonrisas y ayuda para todo el mundo, menos para ti mismo.

No, definitivamente hoy no me define la tristeza. Pero mi alma está triste cuando recuerda el pasado, y siente un “yo” asociado al cuerpo pero subyacente que necesita recordar todo esto para decirse a sí mismo: estás bien.

Jim Jefferies, en su último especial decía: mi padre ha tenido depresión toda la vida y solo ahora a los 75 dice que ya no se preocupa porque todo vaya bien o se castiga porque le sale todo mal. Porque ha perdido la esperanza y siempre se castigó porque creyó que aún tenía tiempo, ahora que ha aceptado que no hay nada más ni adelante ni atrás, es medianamente feliz. 

No, definitivamente tampoco soy una persona depresiva. Pero sí que quiero que tú, lector, puedas llevarte un pedacito de este texto recordando -en conclusión- que el presente no está detrás ni delante; está aquí y ahora.

Ahora; donde los campos lucen verdes, las escobas limpian las casas, las estacas atrancan las puertas para que el viento corra, el tiempo pasa aunque nada ocurra y los payasos saben decir NO cuándo toca para seguir siendo felices y hacer felices al mundo. 

Feliz 2020, a todas las personas que han llegado hasta aquí y que leyéndolo todo se encuentran y me encuentran a mí.

 

 

 


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